En defensa de la psicología evolucionista

Yago Pérez Montesinos

2/4/20269 min leer

De un tiempo a esta parte, si has leído mis publicaciones, habrás percibido que soy un firme defensor de que existe una naturaleza humana innata; es decir, sostengo que los seres humanos nacemos con claras predisposiciones a pensar, sentir y comportarnos de una determinada manera. Esto es así debido a que somos el resultado de un largo proceso de selección natural que nos ha diseñado para ser eficientes en nuestra interacción con el medio. Las predisposiciones innatas son aquellas tendencias o capacidades biológicas con las que nacemos y que configuran la manera en que procesamos la información, respondemos a estímulos y nos adaptamos al entorno. Estas predisposiciones no son determinantes en absoluto, pero sí orientan y limitan el rango de posibilidades del desarrollo humano. Os hablaré de algunas de ellas.

Desde el nacimiento, estamos dotados con sistemas sensoriales que, aunque inmaduros, están listos para desarrollarse. Preferimos estímulos visuales con forma de rostro, somos capaces de discriminar sonidos del habla, tenemos sensibilidad al ritmo y a la música y una clara tendencia a buscar patrones y regularidades en el entorno. A su vez, nacemos con una capacidad innata para adquirir lenguaje, tal y como demostró Noam Chomsky. Ello permite que los niños, independientemente de su cultura, puedan aprender cualquier lengua humana a la que estén expuestos durante los primeros años de vida. También sabemos que las emociones tienen bases biológicas, aparecen de forma espontánea en todas las culturas y tienen una función adaptativa. Las emociones básicas, descritas por Paul Ekman, son indiscutiblemente universales; es decir, no necesitan ser aprendidas para expresarse de forma genuina.

Nuestra personalidad, antes de verse moldeada por el entorno, ya está enormemente condicionada por nuestra naturaleza congénita. Los rasgos de personalidad que nos definen también están íntimamente asociados a bases biológicas, como exhaustivamente ha estudiado Robert Plomin, genetista del King College of London. Esto implica que, más allá de la influencia del medio, presentamos unas fuertes tendencias cognitivas y conductuales desde el nacimiento en función de nuestra configuración genética. Aunque no podemos decir que los rasgos biológicos determinan categóricamente nuestra personalidad, sin duda nos predisponen férreamente a ser como somos, pensar como pensamos y sentir como sentimos.

Cabe mencionar, por su parte, que los seres humanos presentan también una predisposición a la interacción social. Solemos buscar contacto visual, apego y vínculos afectivos; e incluso un bebé, como sabemos gracias a John Bowlby y su teoría del apego, tiene la capacidad de mostrar cierta empatía rudimentaria. El juego es otra cualidad fundamental que facilita el aprendizaje de habilidades sociales, cognitivas y motoras; al igual que la tendencia al aprendizaje por imitación. Los humanos tienen la capacidad natural de imitar conductas observadas en otros, algo clave para el desarrollo social y cultural.

Por otro lado, es un hecho incómodo, pero innegable, que algunas otras predisposiciones básicas de la naturaleza humana chocan con los valores morales y las normas de las sociedades modernas. Nuestras predisposiciones no son malas en un sentido moral, sino que son adaptaciones evolutivas que, en otros contextos históricos o entornos, pudieron ser ventajosas para la supervivencia. Sin embargo, algunas de ellas, en la actualidad, pueden ser vistas como inaceptables o incluso peligrosas. Por ejemplo, la capacidad para la agresión está enraizada en la biología humana. La agresión fue adaptativa para defender recursos, competir por estatus o pareja y proteger la vida individual o grupal. Sin embargo, en sociedades modernas, la agresión descontrolada es socialmente condenada, a pesar de que sigue siendo un impulso básico que puede emerger en situaciones de estrés o amenaza. A su vez, los humanos tienden a organizarse en estructuras jerárquicas, y algunos individuos muestran predisposición por buscar poder o dominio sobre los demás. Esta tendencia al control social es una constante antropológica, pero en la actualidad el abuso de poder, la opresión o la explotación de otros es moralmente censurada. El impulso sexual es otro instinto básico que entra en conflicto con las convenciones sociales, del mismo modo que los impulsos de celos, posesividad o promiscuidad.

Paralelamente, nuestra tendencia innata al favoritismo del propio grupo —bien sea la familia, el clan, la etnia o la nación— es un sesgo adaptativo desde el punto de vista evolutivo, ya que favorece la cooperación con los más cercanos y aumenta las probabilidades de supervivencia. Sin embargo, el etnocentrismo, la xenofobia o la discriminación basada en pertenencia grupal son moralmente inaceptables. Una tendencia biológica de la especie es clasificar y evaluar a los demás según rasgos observables como atractivo físico, fuerza, salud aparente o riqueza. Esta predisposición está relacionada con la selección sexual y la supervivencia del grupo; pero, a día de hoy, discriminar a otros por su apariencia o su posición socioeconómica resulta culturalmente inapropiado. También tenemos la capacidad innata para intuir las intenciones de los demás —teoría de la mente— y, en consecuencia, para tratar de manipular o engañar a otros en beneficio propio. Aunque esta habilidad es una ventaja evolutiva, las conductas de manipulación, engaño o abuso son condenadas por cualquiera con dos dedos de frente que entienda el significado de convivencia.

Bien. Hasta este punto, creo que no hay demasiada discusión. Hace muchos años que se zanjó el debate sobre el innatismo: la mente no es una tabla rasa, sino un sofisticado aparato cognitivo programado de serie. Dicho de otro modo: la naturaleza humana es una realidad, para lo bueno y para lo malo.

Sin embargo, esta conclusión tan evidente sigue siendo objeto de muchas críticas, más ideológicas que científicas. Aceptar que existe una naturaleza humana implica aceptar que muchos de nuestros pensamientos, emociones o comportamientos no son una construcción social que hemos aprendido y que la malvada sociedad inmoral nos ha inculcado desde que nacemos. A ciertos sectores parece ofenderles la idea de que lo que consideran el mal, en cierto sentido, sea también consecuencia de su propia naturaleza y no sólo culpa del sistema en el que viven. Quizá asusta pensar que muchos patrones de conducta forman parte de nuestra disposición biológica intrínseca, y tal vez suene mucho más reconfortante desviar la culpa a un supuesto entramado sociocultural que nos ha educado así y convertir a una entidad externa en responsable de nuestra situación actual, cambiando el rol de la responsabilidad por un rol de víctima colateral. Esto, en el fondo, también es una tendencia natural (que en psicoanálisis se llama mecanismo de defensa).

Ahora bien, es evidente que el contexto social influye en nuestro desarrollo como personas. Una de las críticas más incisivas que debe soportar la psicología evolucionista es aquella que la acusa de ser reduccionista y biologicista; es decir, de limitar las explicaciones sobre el estado mental del ser humano únicamente a causas biológicas, genéticas, hormonales o fisiológicas. Por supuesto, este sería un error garrafal. Cualquiera que haya leído mis artículos podrá comprobar que he hecho especial énfasis en la importancia de la experiencia subjetiva a la hora de configurar nuestra realidad mental. De hecho, desde el primer momento hablé de la mente como una entidad fenomenológica, cuyo desarrollo está directamente influido por nuestras vivencias personales. También especifiqué, con claridad, que la mente no puede ser reducida al cerebro y, siguiendo esta misma lógica, un estado mental no es equivalente a un estado cerebral. En mi anterior publicación, precisamente, recalqué las limitaciones de la biología evolutiva a la hora de explicar el proceso emocional que experimenta cada individuo, pues no podemos conocer la realidad mental de una persona sin tener en cuenta su contexto social, económico y cultural.

En cualquier caso, todos los acontecimientos que percibimos a lo largo de nuestra vida dependen parcialmente de nuestra estructura cerebral; es decir, el cerebro es el órgano de procesamiento que nos proporciona la posibilidad de experimentar la realidad. Eso no lo convierte en la causa directa de nuestro bienestar o malestar; simplemente en un procesador de datos. Nuestras vivencias son información sensorial que recibe el cerebro para luego emitir una experiencia subjetiva emergente. De este modo, el cerebro no es necesariamente el responsable de nuestro estado psicológico; en muchas ocasiones es, sencillamente, un intermediario que debe soportar un contexto disfuncional y traducir sus consecuencias para nosotros. Por tanto, me reafirmo en mi posición de que la naturaleza humana va mucho más allá de procesos neuroquímicos autóctonos. La psicología evolucionista no niega el peso del entorno en nuestro estado mental, simplemente se ocupa de analizar otro tipo de variables. Necesitamos un enfoque nomotético que proporcione las reglas generales básicas de nuestra naturaleza, pero también un enfoque idiográfico que tenga en cuenta el contexto individual de cada persona para analizar cada caso particular.


Más allá de esta aclaración, creo que estas críticas y este miedo a la naturaleza humana nacen de la presuposición errónea de que lo natural es menos modificable que lo cultural. Para estas personas, un sistema podrido es corregible, pero la naturaleza humana no. Esta es una concepción terriblemente absurda, y surge de pensar que no se puede —o no se debe— luchar contra la genética. Pero la naturaleza no entiende de criterios morales. Pensar lo contrario implica caer en lo que se conoce como falacia naturalista: que algo sea natural no lo convierte, necesariamente, en bueno; que algo sea antinatural no lo convierte, necesariamente, en malo. Por este motivo, es absolutamente legítimo reconocer, cuestionar y reorientar todos aquellos instintos primarios que consideremos inadmisibles. De hecho, ese es precisamente el papel de la cultura: poner freno a todo aquello que dificulta nuestra convivencia en sociedad. La capacidad de aprendizaje —que también es natural, por cierto— sirve precisamente para optimizar nuestras respuestas cognitivas y comportamentales conforme crecemos. La civilización es un intento de gestionar nuestras tendencias biológicas para vivir en comunidad.

Las predisposiciones innatas no determinan nuestro comportamiento de forma absoluta, simplemente constituyen el andamiaje básico sobre el que la experiencia, el aprendizaje y la cultura construyen las particularidades individuales. Podríamos decir que son las reglas del juego biológicas con las que venimos al mundo, pero todo cuanto nos sucede en la vida es una variable más que se incorpora a nuestro mundo mental, que sirve para configurar nuestra realidad y que modifica la manera que tenemos de ver cuanto nos rodea. Las experiencias vitales construyen nuestra realidad poco a poco, y sirven para plantar cara a las pulsiones egoístas que trae consigo la genética. Creer que las tendencias evolutivas son mandamientos incuestionables e incorregibles es una soberana tontería.

Me apena ver cómo la psicología evolucionista se ha puesto en tela de juicio y ha sido moralmente cuestionada por hablar de la raza, del sexo biológico o de numerosas cuestiones que en la actualidad generan un estado de tensión y sensible vulnerabilidad. Cuando un antropólogo dice que estamos diseñados para clasificar estímulos por sus características, y aplica esta premisa a la clasificación que hacemos por razas, no está justificando el racismo en base a su lógica evolutiva, sino haciendo una alusión a los sesgos cognitivos; está mostrando lo que sería un fallo del sistema: tener prejuicios raciales es algo problemático a nivel social, pero para nuestro sistema mental todo lo desconocido —o distinto— es peligroso hasta que se demuestre lo contrario. Por tanto, la clasificación racial es algo tan natural como necesario de corregir en nuestro día a día. Del mismo modo, cuando un biólogo evolutivo dice que sólo existen dos sexos (y la intersexualidad), no está —o no debería estar— cuestionando la identidad de nadie, simplemente alude a la realidad empírica de que dos cromosomas XX se corresponden con una sexualidad femenina y una naturaleza acorde. Se habla de una condición, sin juicios morales que interfieran.

Aquel que no haya profundizado en las premisas de la psicología evolucionista o simplemente las haya escuchado en boca de sus detractores puede llevarse una idea muy desafortunada de esta disciplina. Y el verdadero conflicto surge cuando determinados grupos oportunistas realizan deducciones distorsionadas del mensaje para convertirlo en argumentos políticos que sustenten su ideología: como ocurrió con el darwinismo social que planteaba diseños eugenésicos disparatados, o como ocurre con esas corrientes retrógradas y reaccionarias que cuestionan la homosexualidad porque dicen que no es natural. Todo esto es absurdo, y demuestra la pobreza intelectual del portador de estas ideas (o, en determinados casos, su maldad). Para empeorar el problema, mucha gente prefiere quedarse con la información superficial y aparente en lugar de profundizar en la realidad de las cosas. Esto, que también es un sesgo natural, conlleva que cada vez aumente la desinformación y, con ella, el odio. Y este odio, lamentablemente, está dejando una sociedad escindida por la discordia y la estupidez.

Personalmente, asisto con indignación a este espectáculo lamentable en el que, incluso, una parte de la psicología se está poniendo al servicio de caprichos ideológicos, convirtiéndose en una aliada de lo moralmente correcto y de lo socialmente aceptado. Algunos representantes de la disciplina parecen olvidarse de que la moral transita directamente sobre un terreno emocional y pantanoso que nos conduce al dogma, que a su vez es uno de los principales obstáculos en nuestra adquisición de conocimiento empírico y veraz. La psicología no debe sucumbir al idealismo social que se promulga; muchas veces, la verdad es incómoda o desagradable; pero es la verdad. El ser humano es imperfecto, pero, ¿cómo corregir sus imperfecciones sin reconocerlas primero? Si la psicología quiere posicionarse como ciencia con la misma dignidad e integridad que las demás, debemos aceptar que la verdad tampoco entiende de criterios morales. Pretender que lo aparentemente bueno y bonito sea, además, lo cierto, no siempre es posible… ni deseable.

Yago Pérez Montesinos.