La psicología: entre la ciencia y el humanismo
Yago Pérez Montesinos
1/7/20266 min leer
Si has leído mi artículos anteriores, sabrás que existe una distinción entre dos tipos de realidades: las realidades de primer orden y las realidades de segundo orden. Por si acaso no lo recuerdas, te lo resumo brevemente:
A) Realidad de primer orden: Es la realidad objetiva, el mundo físico tal como existe independientemente de nuestras percepciones. En él se incluyen las leyes de la física, la existencia de objetos materiales, los procesos biológicos y todo aquello que podría observarse o medirse de manera independiente a la interpretación humana.
B) Realidad de segundo orden: Es la realidad subjetiva, construida por los seres humanos a través del contexto, el lenguaje, la comunicación, la cultura y los significados. Aquí es donde entran las interpretaciones, las creencias, los valores, las normas sociales y las narrativas personales o colectivas. En otras palabras, es la realidad que creamos al interpretar lo que percibimos. Refleja nuestra visión de la realidad; el mundo tal y como somos, no tal y como es.
Vas a entenderlo claramente:
Que un objeto sea de oro y pese 2 kg es una realidad de primer orden.
Que ese objeto sea pesado, valioso, peligroso o sagrado es una realidad de segundo orden.
…en consecuencia:
Que me hayan despedido del trabajo es una realidad de primer orden
Que me haya parecido una completa injusticia y esté convencido de que mi jefe me tenía manía es una realidad de segundo orden.
Y así sucesivamente.
También mencioné que, en el método empírico, conviene desprendernos de todos aquellos juicios de valor que realizamos sobre los acontecimientos porque, de lo contrario, corremos el riesgo de devaluar la verdad para reducirla a una vulgar opinión. Sin embargo, debo confesarte algo importante: esto puede resultar reduccionista cuando hablamos de psicología.
Ya sé que dije que buscar la verdad detrás de las interpretaciones de cada sujeto es un disparate abigarrado, pero cuando nuestro objeto de estudio es la experiencia humana, tratar de explicarla exclusivamente a través de datos objetivos no sólo es incompatible, sino contradictorio.
La experiencia humana está plagada de significado personal, de una visión del mundo particular que cada uno de nosotros diseñamos a nuestra medida. La psicología estudia, precisamente, el conjunto de procesos mentales que llevan a alguien a comportarse de una determinada manera; pero para poder explicar una conducta es fundamental comprender cuáles son las interpretaciones del mundo que han llevado a su autor a realizarla. Aunque no hace falta explicar un crimen para demostrarlo, la psicología va, precisamente, de eso: de explicar por qué alguien se comporta como se comporta. O mejor dicho, de averiguar por qué cree que se comporta como tal.
Como expliqué en mis dos primeros artículos —te invito a revisarlos— la mente es un sistema en constante retroalimentación que nos permite construir la realidad recibiendo información del entorno a la que dotamos de un significado personal, pues funciona como un procesador de datos subjetivo que no puede desprenderse del gran número de filtros cognitivos y emocionales que lo caracterizan.
Además, incluso las reglas de procesamiento varían en función de cada persona. Desde el nacimiento somos distintos, pues no hay dos códigos genéticos iguales —a menos que tengas un hermano gemelo monocigótico—. Si además de esta gran variabilidad genética tenemos en cuenta que cada uno de nosotros vivimos una vida induplicable, observaremos que, en realidad, cada ser humano es absolutamente único e irrepetible.
Esto no quiere decir, en absoluto, que la realidad sea íntegramente una construcción social. Por supuesto que tenemos un sistema de serie diseñado para percibir el mundo de una determinada manera, pero esto es sólo el punto de partida. Como ya dije, todos nosotros somos versiones distintas de un mismo diseño. Las predisposiciones sólo dirigen, pero no determinan.
La mente humana es un amasijo de pensamientos y sentimientos moldeados por la genética, la experiencia subjetiva de cuanto percibimos y el progresivo aprendizaje. Esta miscelánea de fenómenos es lo que da lugar a nuestra visión de las cosas, a nuestra realidad. Y es en esa realidad donde vivimos. No es posible dividir el pensamiento, la emoción y la conducta. Las tres son dimensiones profundamente entrelazadas.
Por este motivo, la psicología es un campo de estudio que enfrenta una gran dificultad epistemológica: no podemos estudiar una sóla verdad acerca del mundo, ya que cada persona tiene su mundo y, por tanto, su verdad. Quizá ahora entiendes por qué dije eso de que la psicología es una ciencia en la que imperan las teorías y escasean las leyes universales.
Cuando tomamos perspectiva y vemos al ser humano como especie, resulta moderadamente sencillo definir una serie de patrones de conducta que nos caracterizan; al fin y al cabo, somos animales diseñados por la selección natural con un repertorio de comportamientos programados de manera más o menos similar. Sin embargo, explicar el comportamiento de una persona concreta de forma rigurosa resulta prácticamente imposible. La psicología evolucionista nos brinda la posibilidad de trazar el esquema de nuestra naturaleza, dibujando un boceto general, pero impide profundizar de manera específica y exhaustiva en la realidad de cada individuo.
Esta es la razón por la que la psicología se halla entre dos mundos: el de la ciencia y el del humanismo. Muchos ignorantes consideran a la psicología como una ciencia de segunda porque no es capaz de generar enunciados universales ni predicciones de alta precisión, pero se olvidan de que es precisamente su complejidad lo que dificulta este cometido. A mi juicio, esta intrincada labor debería bastar para ser tenida en cuenta con la misma dignidad que otras disciplinas científicas. Sin embargo, la psicología no puede —ni debe— renunciar a su faceta humanista, pues lo humano es su campo de estudio.
Remitiendo, por fin, al inicio. Una gran parte del conocimiento psicológico se basa en esa realidad de segundo orden que mencionaba: no importa lo que algo es, sino lo que significa para nosotros. Esto es lo que Heinz von Foerster, en la teoría cibernética de segundo orden, anuncia de esta manera: el observador debe ser incluido en lo que es observado; es decir, no podemos conocer la realidad sin considerar nuestra propia participación como observadores en la construcción de esa realidad. Nuestra experiencia está condicionada por el procesador de esa experiencia, que somos nosotros.
La cibernética, desarrollada por Norbert Wiener, traza poderosas analogías con respecto al funcionamiento humano. Entiende a las máquinas y a los animales como sistemas complejos que se autorregulan a través de una continua retroalimentación. Piénsalo: la inteligencia artificial tiene un sistema operativo base, pero puedes educarla para proporcionar una serie de respuestas adecuadas a su función y contexto. El ser humano es igual: contamos con un programa de serie, pero las vivencias generan un aprendizaje que moldea nuestra forma de pensar, de sentir y de comportarnos. Somos el resultado de nuestra interacción con el medio.
Por este motivo, la psicología se encuentra en una posición liminal: entre la ciencia empírica —con su método, su búsqueda de regularidades y su enfoque en los hechos objetivos— y las humanidades —con su interés por el sentido y la experiencia subjetiva—. Esta posición intermedia surge porque, a diferencia de las ciencias duras como la física o la química, la psicología estudia agentes con conciencia, lenguaje, emociones, historia, cultura e interpretaciones propias. Creo que fue Gabriel García Márquez quien dijo que una biografía son unos pocos hechos y mucha imaginación.
Cuando Parménides narra su encuentro con la Diosa de la Verdad, ésta le habla también de la Opinión porque, como sugiere Alberto Bernabé, la apariencia tiene también su propia necesidad: es esta la forma absolutamente necesaria del saber humano, por lo que las opiniones pueden y deben ser objeto de investigación por los hombres. Así pues, la dimensión hermenéutica —es decir, la interpretación del sentido— es inseparable del trabajo psicológico. Por eso la psicología no puede reducirse a una ciencia nomotética basada en leyes universales, sino que también necesita una perspectiva idiográfica centrada en la exploración de los significados individuales y contextuales. Al fin y al cabo, el corazón tiene razones que la razón no entiende, que diría Blaise Pascal.
Esto sitúa a la psicología en un puente entre la ciencia y el humanismo. Como ciencia, busca comprender, describir y predecir ciertos patrones de comportamiento y funcionamiento mental; pero, como humanismo, reconoce que cada persona es un intérprete de su mundo, y requiere ser estudiada como un caso único e irrepetible.
Yago Pérez Montesinos
YAGO PÉREZ MONTESINOS
Mente, Cuerpo, Espíritu.
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