Brevísima historia de la moral y sus oscilaciones
Yago Pérez Montesinos
6/1/20269 min leer
Seguro que tú también te has maravillado con ese fenómeno que se produce cuando, en una sobremesa, salen a relucir temas como la política, la religión o el nacionalismo. Es un experimento fascinante contemplar la pérdida de papeles y el progresivo encono que los integrantes de la conversación van adquiriendo, para no llegar jamás a ningún punto común, sino todo lo contrario, polarizando su discurso de manera completamente intransigente y obtusa. Casi como una transmutación dialéctica, lo que empieza siendo una conversación entre individuos se convierte en una batalla de monólogos en los que nadie escucha a nadie, y todos hablan, exclusivamente, para sí mismos y para su propio desahogo. Poseídos por lo que ellos perciben como una verdad absoluta, creen que sus argumentos impactan irrefutablemente sobre los del otro (que, a su vez, tiene la misma certeza sobre los suyos). De este modo se forma una dinámica quijotesca de energúmenos incapaces de darse cuenta de que sus intentos de convencer al adversario son tan inútiles como gritarle a un semáforo para que cambie de color más rápido
En realidad, todas estas discusiones suelen ignorar una variable fundamental: en la mayoría de los casos, los razonamientos dispares responden a criterios éticos distintos. Los contendientes discuten porque creen que existe una verdad indiscutible, y olvidan que algunas perspectivas sencillamente dependen de las prioridades emocionales de cada cual.
Si juntásemos a John Locke y a Thomas Hobbes a discutir sobre política, nos encontraríamos con que tienen visiones muy distintas porque sus primacías morales son diferentes: Locke preferiría un modelo liberal en el que la libertad es el valor fundente, mientras que Hobbes optaría por un modelo autoritario defendiendo que sin seguridad no puede haber libertad. De este modo, se crearía una tensión irresoluble porque, más allá de cuál sea el enfoque más óptimo en la práctica, ambos contendientes sienten preferible su opción. Locke no estaría dispuesto a sacrificar parte de su libertad por control estatal, ya que cree que el ser humano dispone de un sistema natural de justicia y ética; sin embargo, Hobbes sí que estaría dispuesto a realizar ese sacrificio porque concibe al hombre como un ser egoísta por naturaleza que necesita de estructura política. La libertad y la seguridad han sido siempre objeto de discusión, pues representan un dualismo de valores en permanente competencia. Si observamos con detenimiento, aunque podríamos tratar de estudiar cuál de las dos perspectivas tiene mayor funcionalidad práctica, el debate gira en torno a aspectos personales y relativos como la concepción del Bien y del Mal en la naturaleza humana, por lo que es muy difícil determinar cuál de las dos premisas es más acertada. La ética, al fin y al cabo, está sujeta a las interpretaciones existenciales del mundo.
Además, independientemente de qué enfoque es más práctico y proporciona mejores resultados, la ética no puede reducirse exclusivamente al pragmatismo porque, de ser así, tendrían cabida atrocidades como destripar a un inocente para salvar la vida de otras cinco personas que pudieran necesitar sus órganos. Es lo que se conoce como utilitarismo, y es una corriente que se basa en lo exclusivamente beneficioso para la mayoría, llegando a renunciar a los derechos básicos individuales si con ello obtenemos un mejor resultado colectivo. Este tipo de dilemas morales no se resuelven de manera científica, y a la vista está que cuentan con adeptos en ambas partes. Cuando se les pregunta a las personas si sacrificarían a un inocente pulsando un botón para salvar a otros cinco, la mayoría responde que sí; pero después se retractan si ese inocente es su madre, su hijo, su hermano o, incluso, su perro.
Con esto no quiero decir que la moral sea absolutamente relativa. En absoluto. La especie humana cuenta con emociones universales que dan lugar a razonamientos morales universales, como el desprecio hacia el daño injustificado. Pero esto tan solo representa un esbozo del esquema ético general. Cuando profundizamos en aspectos más triviales o complejos, la moral está sujeta a variabilidad en función de factores genéticos, contextuales y culturales.
La historia puede ilustrarnos bien con los hechos.
Si uno se toma un momento para mirar hacia atrás en el tiempo —digamos, unos pocos siglos— es difícil no maravillarse ante la transformación radical de nuestras ideas sobre lo que constituye una vida buena, una acción justa, un castigo merecido o una conducta abominable. Quemar a una persona por herejía, tener esclavos, castigar el adulterio con la muerte o negar la educación a las mujeres fueron, durante milenios, acciones no sólo toleradas, sino consideradas moralmente correctas en la mayoría de culturas. Hoy, en gran parte del mundo, tales actos se consideran no solo erróneos, sino repugnantes. Y, sin embargo, para nuestros ancestros eran tan evidentes como lo es hoy la gravedad.
¿De dónde proviene, entonces, esa capacidad humana para cambiar su brújula moral con el paso del tiempo? ¿Existe una esencia del Bien y del Mal que permanece constante a lo largo de la historia, o son constructos tan moldeables como nuestras modas o lenguajes?
Durante la mayor parte de la historia humana, la moral estuvo ligada a la religión, al poder y a la tradición. En las culturas del Medio Oriente antiguo, el Bien era aquello que agradaba a los dioses; el Mal, aquello que los enfurecía. El Código de Hammurabi, por ejemplo, no dudaba en castigar con la muerte actos que hoy sancionaríamos, como máximo, con una multa. La moral era vertical, descendente, dictada por autoridades invisibles y divinas, o visibles como reyes.
Sin embargo, cuando estudiamos el Código de Hammurabi observamos una cosa sorprendente; y es que, como dice Carlos Ivorra, la moral de los babilonios era algo similar a la moral moderna. Si bien existía la esclavitud y el rigor en las penas era desproporcionado, los esclavos podían comprar su libertad y había leyes que les protegían de un trato abusivo, los contratos se consideraban compromisos sagrados, se penaba el fraude, se regulaba el matrimonio, el divorcio o la adopción, las mujeres y los niños gozaban de protección legal y existía una regulación de la profesión médica. Además, aunque los nobles gozaban de mayor estatus que los campesinos, y estos, a su vez, tenían mejor condición que los esclavos, las penas eran proporcionales a tu categoría social: un noble sufría un castigo mayor que un campesino por el mismo delito.
Más allá de cómo se llevaran a la práctica estas leyes, el hecho de que estuviesen estipuladas así refleja que algunos parámetros no son tan modernos como creemos. Muy posteriormente al Código de Hammurabi, la historia ha vivido épocas mucho más oscuras, lo que nos indica que el desarrollo moral no sigue un crecimiento lineal de perfeccionamiento progresivo; sino que es, al igual que la emoción, un recurso adaptativo que se moldea según el contexto cultural y social.
Los filósofos griegos fueron de los primeros en intentar romper con la lógica teocrática. Sócrates, con su ironía corrosiva, empujó a la sociedad a pensar que la moral debe resistir al cuidadoso escrutinio de la razón. Aristóteles, por su parte, propuso una ética de la virtud basada en la práctica y el equilibrio, una que no requería de amenazas sobrenaturales. Pero sería con la Ilustración cuando se gestaría un cambio más radical. Filósofos como Kant formularon principios universales, como su imperativo categórico: obra de tal modo que tu acción pueda elevarse a ley universal. Este impulso dio lugar, siglos después, a las declaraciones de derechos humanos, al sufragio universal, a la abolición de la esclavitud y a la expansión gradual del círculo moral.
Ahora bien, que la moral cambie con el tiempo no significa que sea arbitraria. Existen patrones claros que nos indican tendencias naturales hacia la reducción del sufrimiento y el aumento de la cooperación. La pregunta, entonces, no es si la moral es relativa o absoluta, sino por qué cambia de la forma en que lo hace.
Para empezar, los humanos no somos tablas rasas morales. Nacemos con ciertos esquemas cognitivos que nos predisponen a considerar algunas acciones como virtuosas y otras como detestables incluso antes de que podamos explicarlas. La indignación moral, el sentido de justicia, la reciprocidad, la empatía o la culpa tienen raíces evolutivas. No porque la naturaleza sea buena, sino porque estas emociones ayudaron a nuestros ancestros a resolver el problema central de toda sociedad: cómo cooperar con otros en un mundo lleno de oportunidades para aprovecharse. La biología evolutiva, desde otra trinchera, nos recuerda que detrás de nuestros gestos más nobles puede esconderse una necesidad egoísta que promueve la cooperación entre parientes o entre individuos con historial de reciprocidad. Lo que hoy llamamos solidaridad pudo haber comenzado como una estrategia evolutiva para maximizar la supervivencia genética, desembocando en la premisa de no hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran, porque nunca sabes cuándo puedes necesitar ayuda de otros. En cualquier caso, la sofisticación evolutiva ha alcanzado tal punto de complejidad, que incluso las personas nos sacrificamos en situaciones en las que es imposible obtener beneficios retributivos. La inmolación parental es un buen ejemplo de ello, como también lo es la cantidad de personas que exponen su vida por causas que consideran justas o necesariamente dignas.
Poco a poco, las sociedades fueron reparando en que la cooperación es un juego de suma positiva, en el que ambos colaboradores pueden salir beneficiados; por otro lado, la competencia suele ser un juego de suma cero, en el que los contendientes están expuestos a pérdidas constantes. De este modo, la humanidad empezó a formular un camino de principios morales basado en el beneficio común. Así surgió el comercio, que era una alternativa perfecta a la guerra, y que propició el desarrollo de mejores estructuras políticas, sanitarias, educacionales y, en consecuencia, se convirtió en el motor principal del progreso. A esto se le suma un dato difícil de ignorar: las sociedades más prósperas, con más niveles de seguridad, libertad y alfabetización tienden a desarrollar sistemas morales más amplios, menos violentos y más inclusivos. Es decir, hay factores ecológicos, materiales, cognitivos y culturales que hacen que ciertas concepciones del Bien se vuelvan más atractivas y viables con el tiempo.
Pero detenerse en la evolución para explicar la moralidad individual sería cometer el mismo error que cometieron los dogmas religiosos: reducir la ética universal a un mecanismo externo e impersonal. La moral también se vive desde dentro, desde la experiencia singular de cada sujeto. El ser humano no es solo un ser genético o biológico, sino un ser existencial cuyo sistema de valores está influido por su aprendizaje continuado de cuanto le rodea. Así, la moral se construye también mediante narrativas y marcos culturales. Lo que una sociedad considera bueno, otra lo puede considerar perverso. El tabú del incesto, el matrimonio homosexual, el castigo corporal o la eutanasia son cuestiones que a día de hoy todavía forman parte de la batalla cultural y que han sido etiquetadas de maneras opuestas en distintas culturas y épocas.
Y aunque la negación de ese tipo de asuntos es más propio de sociedades retrógradas en vías de desarrollo, otros debates como el que mencionaba antes, entre libertad y seguridad, siguen vigentes en países primermundistas sin una solución clara: los derechos de los animales suponen una gran contradicción e hipocresía en sociedades que consumen carne, la imposibilidad de determinar el comienzo de la vida plantea un problema a la hora de exponer el derecho al aborto, la utilización de la inteligencia artificial genera nuevas problemáticas futuras que todavía desconocemos… y muchos más dilemas sin respuesta obvia. De este modo, un gran número de cuestiones morales están sujetas, inevitablemente, a la consideración particular de las personas, sin una verdad contundente que actúe como solución al problema.
Eso no implica, sin embargo, que todo esté permitido cuando existe un vacío moral. Las sociedades, al igual que los individuos, negocian y reformulan sus sistemas de valores en función de nuevas experiencias, nuevas evidencias y nuevas sensibilidades. La moral no es una superstición; es una forma de regulación que intenta minimizar el sufrimiento humano y maximizar las condiciones para una vida digna y cooperativa.
Vivimos en un mundo cada vez más interconectado, donde el desarrollo de sistemas éticos tan sofisticados genera callejones sin salida que hay que resolver mediante la negociación, pues nuestras opiniones entran en contacto y fricción constante. Esto puede generar tensiones, pero también oportunidades. Si entendemos que la moral no es un conjunto de verdades grabadas en piedra, sino una tecnología social compleja que ha evolucionado para hacer posible la convivencia entre agentes con intereses divergentes, entonces podremos abordarla con más humildad, pero también con más lucidez.
No necesitamos una moral impuesta desde el cielo, ni una moral que cambie con cada moda. Necesitamos una moral que funcione. Y para eso, entender cómo nace, cambia y se experimenta el Bien y el Mal no es solo un ejercicio intelectual, sino otro imperativo categórico.
Aunque no se puede establecer una definición precisa del Bien y del Mal, sospecho que los malvados no son personas que se jactan de su maldad en una guarida inexpugnable, sino sujetos convencidos de su rectitud que encuentran sentido en los actos que realizan y se autoconvencen de la racionalidad de sus comportamientos. Es por ello que asocio de forma inseparable la maldad con la estupidez. Vivimos una época en la que cada individuo tiene todo el conocimiento disponible en su bolsillo, y la ignorancia deliberada se me antoja un delito similar a la omisión de socorro.
En un mundo que necesita de la razón para salir adelante, renunciar a la información y al entendimiento me resulta un crimen contra la humanidad.
Yago Pérez Montesinos
YAGO PÉREZ MONTESINOS
Psicoterapia Estratégica de Autor
CONTACTO
psicologia@yagoperezmontesinos.com
636 47 21 59
Calle San Miguel, 2, 2ºE (Zaragoza)
© Todos los derechos reservados.